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lunes, 1 de septiembre de 2014

Inseguridad asfixiante

Un relato nos cuenta que un viejecito se hallaba sentado al lado de un camino, a unos kilómetros de un pueblo. Estaba cansado y sin fuerzas. Entonces, pasó por allí un joven que caminaba ligero.

- Buen hombre- dijo el viejo-, debo ir al pueblo pero no tengo fuerzas. ¿Serías tan generoso de cargar conmigo y llevarme allí?

- Con mucho gusto- respondió el joven, viendo que el viejecito lo necesitaba realmente.

El joven se cargó el anciano en su espalda y éste le sujetó con fuerza. El viejo tenía tanto miedo a caerse y se sentía tan inseguro que, iba apretando más y más fuerte el cuello del joven. El chico intentaba decirle que aflojara, que se estaba ahogando, pero el viejo, en su desesperación, no le hacía caso. Después de unos minutos el viejo y el joven estaban en el suelo. El viejo había matado por asfixia al joven que había cargado con él.

De igual forma, la inseguridad posesiva, puede matar una relación por asfixia. Cuanto más queremos retener a una persona, cuanto más la aprisionemos, mayores serán las posibilidades de que se vaya o de que la relación se ahogue y agote al no poder respirar ni crecer.

lunes, 21 de abril de 2014

Langostas humanas

Una langosta cuando se queda en una parte seca de la superficie de las rocas, no tiene el instinto ni la energía suficiente para regresar al mar, sino que espera que el mar venga hacia ella.

Si el mar no llega, la langosta se queda donde está y muere , aunque el más pequeño esfuerzo le hubiera permitido alcanzar las olas, quizás a menos de un metro de distancia.

El mundo está lleno de langostas humanas. Personas encalladas sobre las rocas de la indecisión y el aplazamiento que, en lugar de emplear sus propias energias , se quedan esperando que una gran oleada de buena fortuna los ponga a flote o los devuelva al mar.

Dr. Orrison Swett Marden